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Selecciones 7

La SEXTA entrega.
Ya expliqué en esta entrada de qué se trata.
Selecciones v7.0
En el sufrimiento se sueñan fiestas. Macedonio Fernández, colaboración de la Zapaya

Palabras 1.0


Magda recorta palabras de los diarios, palabras de todos los tamaños, y las guarda en cajas. En cajas rojas guarda las palabras furiosas. En caja verde, las palabras amantes. En caja azul, las neutrales. En caja amarilla, las tristes. Y en caja transparente guarda las palabras que tienen magia.
A veces, ella abre las cajas y las pone boca abajo sobre la mesa, para que las palabras se mezclen como quieran. Entonces, las palabras le cuentan lo que ocurre y le anuncian lo que ocurrirá.
Eduardo Galeano

e

Una marcha lenta y uniforme me permitía caminar eternamente sin cansancio. Luego descubrí que la única forma de llegar a alguna parte, quiero decir, a algo distinto de aquella vasta uniformidad plana, era dejar de lado la esperanza y con ella, desde luego, los recuerdos. Apenas logré desterrar la esperanza vi a lo lejos algo que me pareció una jungla, o un cielo estrellado. Enfilé hacia allí pero la ansiedad por llegar me fatigaba y envejecía, y la esperanza hacía que la distancia que me separaba de aquello sea siempre la misma. Sólo cuando logré aquietar mi mente, dejarla más o menos en blanco al descansar en un lugar "simpático", pude acortar la distancia. Esto generó nuevamente la ansiedad, y así mi viaje se transformó en una interesante lucha contra mis sentimientos; mientras tanto, el objetivo se iba acercando. Pude ver que se trataba en realidad de un vasto lugar repleto de figuras geométricas, predominantemente polígonos. Por fin pude llegar y penetrar en esa zona.

Novela Geométrica, Mario Levrero

Mario Levrero

Vuelo de noche


No necesito escribir, es apenas un ejercicio, una forma de matar el tiempo, de ganarle, de impedir que él me mate a mí. Necesito decirlo, el hecho me hace pensar de otra forma. Casi comprender. Decidir.
Camino de un lado a otro hablando sin hablar. Contando sin decir.
Espero con ansias aquella llamada que va a cambiarme la vida, la que me queda. Salvarme la vida. Hacérmela digna. He sufrido y trabajado demasiado. Debería obtener lo mío, el sacrificio está hecho.
Hoy puede ser un gran día, o uno pequeño, o el primero, o el último, el teléfono dirá.
Me he imaginado una infinita cantidad de diálogos posibles. Todos elogiosos, felicitaciones, buenas noticias.
No sé si puedo resistir la espera, la llamada debe ocurrir pronto. No he dormido en toda mi noche, temeroso de no despertar por alguna razón. Esperé todo el día, por eso me arden los ojos. En un momento será nuevamente de noche. Cada instante me aterra, no sé si mañana voy a estar vivo según haya o no recibido esa llamada. Mi dignidad está vencida, mañana vence la luz, la próxima semana el gas. Por suerte me prestaron plata para el teléfono; anda de verdad, no crean que estoy loco como Gupi Golber.
Gracias a quién sabe quién, mi fortuna me mantiene con una salud envidiable, ningún percance que entristezca mi pasar. Sobrevivo duramente como hierba mala. Como la resignación de las plantas que crecen en las canaletas tapadas o entre los ladrillos de los tapiales.
No tengo nada que hacer, nada en que pensar, nada que leer, nadie viene a verme, no tengo ganas de salir. Sólo la espera me aburre y a la vez me entretiene. El tiempo es una montaña que me aplasta, pero no del todo, sólo me hace agonizar, me mantiene vivo para eso. No puedo superar esto, estoy desesperado, es muy difícil no saber si mañana voy a estar respirando o no.
Por eso decido aclarar las cosas, despejar todas esas dudas que carcomen mi cerebro. Cortar por lo sano, que se jodan los demás, los que me ignoraron. Mi disparo no fue certero, me equivoqué al usar mi mano derecha. Un acto reflejo se interpuso, traidor como el tiempo y mis amigos. ¿Son mis oídos los que retumban? Tardo un instante en perder el conocimiento. Un maldito y abominable instante. Algo más que el olor a pólvora se presenta en mi habitación. Resuena después que el eco emboca en el hueco de la ventana. No es el crepúsculo. Es una onda que sacude el aire a nivel microscópico. Conocés la naturaleza de esa estridencia, la has escuchado miles de veces, millones. Como yo.
Creo que es ella la que muere cuando todo es negro.
Extiendo mis alas.
Patricio Peralta R

Viaje a Juárez

El micro salió desde la terminal a las 5:45. Yo iba a una ciudad -Barker, se llamaba-, que estaba a unos 30 kilómetros de Benito Juárez. En diez días tenía que encontrar, junto a un grupo de estudiantes de teatro, y mediante la investigación de datos históricos y anécdotas del lugar, un texto para una posible propuesta dramática. Solamente llevaba el título del trabajo: ¿QUIÉN ES BARKER?
Mientras caminaba por el pasillo hacia los asientos del fondo (los cinco estaban vacíos) crucé una mirada con una mujer que estaba por la mitad del micro. Pensé que su nombre era Marta. Por el piloto cruzado y el pelo lacio que le caía hasta las solapas, le agregué Helena. María Helena, me dije, y comencé a leer los primeros titulares del diario, olvidándome del asunto.
El micro se movía de manera blanda por calle 44, y cuando llegamos al cruce con la Ruta 2, sentí sobre el costado izquierdo de mi cara 1os primeros rayos de sol y me dormí.
Me despertaron las voces de asombro de los demás pasajeros, quienes a ambos lados del micro, miraban algo por las ventanillas. Yo también miré, pero la luz del sol que rebotaba en el agua me hizo doler los ojos y fui hacia el lado derecho. Marchábamos sobre una gran extensión de agua marrón que desbordaba y cubría la ruta. A no más de 40 kilómetros de velocidad y con las ruedas sumergidas hasta la mitad, el micro iba dejando una estela como si fuera una gran nave. La situación me pareció parte de un sueño, sobre todo al sentir a mi costado la presencia de la mujer con la cual había cruzado una mirada por la mitad del micro cuando subí rumbo a Juárez. Se acercó aún más a la ventanilla y a mi cara, y sentí su respiración ansiosa junto a mi oreja. La mujer intuía algo y me contagió la sensación. Ahora ambos estábamos arrodillados sobre el asiento, y sentí su cuerpo a través de la ropa como si estuviéramos desnudos. En una lomada donde había un pequeño molino plateado, y en donde el agua todavía no llegaba, una piara de chanchos con sus crías miraban la escena de la nave qué cruzaba el agua y se zambullía hacia nosotros.
Los chanchos, con sus pezuñas, se iban degollando al nadar. Detrás de la estela de agua explotaban silenciosamente, dejando una mancha de sangre. Las manos de la mujer y las mías, ahora entrelazadas y húmedas, buscaron mantenerse a flote de la escena, y luego fueron las miradas y los labios para no hundirnos. Los chanchos pataleaban en el agua: morían sin saberlo; nosotros comenzamos a desnudarnos para cumplir un último rito decisivo. Ahora ya estábamos tirados largo a largo en el asiento, y era todo saliva y transpiración. Sin embargo, no emitíamos ningún sonido para que los demás pasajeros no vieran la escena. Hasta que hubo un momento en que olvidarnos el entorno, ya uno dentro del otro comenzamos a gritar como animales. Todos miraron hacia atrás, pero en lugar de asombrarse al ver la escena, los gestos fueron de alegría tribal: había que matar a ese par de chanchos que, por rara casualidad, habían ido a parar a los asientos del fondo del micro. Alguien me pegó en los riñones con una madera y luego sentí una patada en las costillas. Nos cegaron cubriéndonos con sacos y tapados y comenzaron a saltar sobre nosotros a los gritos. Estaba aún vivo cuando sentí una soga en los tobillos para colgarme de un pasamanos que había en el techo del micro. Quedé bamboleándome cabeza abajo con mi cuerpo fofo como una pelota de trapo mojada. Frente a mí, desnuda y muerta, con el pelo lacio y rojo de sangre, la mujer giraba sobre sí misma, colgada también del techo. Quise decir algo, y solamente un coágulo de saliva y sangre salió por el hueco de lo que había sido mi boca. Entonces sentí una patada en el hombro y un grito. Abrí un ojo amoratado y vi al hombre que con una falsa sonrisa me decía que ya estábamos en Juárez.
Ricardo Ibarlin



Sopla el viento, Bocha, sopla

Los perros ladraron diferentes, casi chillaron como un hombre asustado.
A la mierda, acá debe haber algo.
Buscó entre algunas jarillas, que parecía increíble que aún existiesen. Al tocarlas largaron su olor particular. El Bocha pensó que después las cortaría para un asado con gusto especial. Sus ojos oscuros miraban tratando de taladrar los yuyos.
Los perros gruñeron al encontrar la zapatilla casi escondida debajo de la tierra suelta y seca. Comenzaron a escarbar hasta que salieron los restos de un pie y después los restos del cuerpo. El Bocha sin poder controlarlo, largó el vomito encima. Era el loco Lucho. Reconoció perfectamente la ropa, esa, tan de pituco del barrio Dalvian que le gustaba usar. Hacía un mes que lo buscaban, él y la policía. Por esa zona pasó veinte veces y ahora por fin lo encontró. Tenía que esconderse, sino sería el próximo. El asco fue por el olor nauseabundo que despedía el cadáver putrefacto. Y tal vez una cierta lástima. En aquel ambiente no se sentía demasiado una pérdida, prevalecía el miedo y el anhelo de no ser el próximo. Una cultura diferente. El “trabajo” los hacía duros, bloqueados, no había ocasión para nada más. El Bocha y el Loco, con su forma de ser, lideres autoritarios, despertaban temor, averiguaban convidando una cerveza, dando porros, suministrando armas caseras y de las otras, diciendo que andaban en la pesada, siempre con unos pesos en la mano, así, conseguían los datos. Creían que nada podía pasarles, eran amigos de la cana. En La Alumbrada todos conocían los códigos, sabían que nadie podía confiar en nadie, se la jugaban a cada instante. El significado de la vida era sobrevivir, cada instante era rico en urdir estrategias para lograrlo.
Ahora el Loco estaba ahí, por la mitad, comido por las alimañas del campo y los perros cimarrones. Miró para todos lados, escuchó un viento frío, que soplaba semejando silbidos.

El tableteo interrumpió los sonidos de los ladridos y hasta el soplar del ventarrón Solo quedó un remolino furioso que levantó la tierra seca, cubriendo los cuerpos. La mano inerte del Bocha quedó prendida al cadáver de uno de los perros, que, sangrantes, con los ojos abiertos igual que los del hombre, parecían mirar el cielo para entender porqué.
Lila Levinson.

La vida color de rosa


Si quiere ver la vida color de rosa eche Veinte Centavos en la ranura: es como en la vieja canción, pero con la inflación los Veinte Centavos no pueden ser siempre veinte centavos. Por eso en mi casilla vendo cospeles que dicen Veinte Centavos. Los cospeles de Veinte Centavos aumentan de precio constantemente, no sólo por la inflación sino porque hay mucha gente que quiere ver la vida color de rosa, pero siempre dicen veinte centavos y son como un atisbo de estabilidad en medio de tantos cambios. Esa estabilidad es una mentira, pero en el parque de diversiones todo es una mentira y el que piense lo contrario es un hipócrita o se equivocó de lugar.
Juegos Malabares, Carlos Gardini


Oti Bei un relato de Luis Alberto Spinetta

 

 

 Oti Bei


Surgido entre la oscura mata, espectral y también oscuro, se asoma Oti Bei....

este relato se mudó, leer aquí
 
Luis Alberto Spinetta
 
 
 

 

El navegante vuelve a su patria, de Adolfo Bioy Casáres.


Este blog ya llevó el cepillo de dientes a este otro


Siempre tuve ideas pero nunca las escribía. Alguien estaba repartiendo un fanzin de una agrupación que prometía realizar un certamen literario en el cual finalmente participé. En él reproducián éste cuento. Tiempo después lo utilicé en Hiperhistorias. El Bar es un relato basado en un ejercicio que proponían en la matería de Guión cinemátográfico en la facultad de bellas artes. El arte es el arte del robo.

El navegante vuelve a su patria


Creo que vi Pasaje a la India, porque en el título de la película estaba mi país. Al salir del cine, tomé el subterráneo —o Metro, como acá lo llaman— para ir a la embajada, donde todos los días trabajo un par de horas. Lo que así gano me permite ciertas extravagancias que dan un poco de animación a mi vida de estudiante pobre. Sospecho que por culpa de esas extravagancias, recaigo últimamente en una suerte de sonambulismo que suele provocar situaciones molestas. Un ejemplo: al recordar el viaje en subterráneo, me veo cómodamente sentado, aunque tengo pruebas de haber permanecido de pie, cerca de las puertas, asido a una columna de hierro y a punto de caer cuando el tren se detiene o se pone en movimiento. Desde ahí miro, con una mezcla de conmiseración y de censura, a un estudiante camboyano, muy mal entrazado, que en un asiento, a la mitad del vagón, dormita con la cabeza reclinada contra el vidrio de la ventanilla. Su pelambre, tan abundante como sucia, deja ver un redondel calvo y arrugado; la barba es rala y de tres o cuatro días. Dormido sonríe, mueve los labios rápida y suavemente, como si en voz baja mantuviera una amena conversación consigo mismo. Pienso: «Parece contento, aunque no hay razón para que lo esté. Vive, como yo, entre europeos hostiles, por más que lo disimulen. Hostiles a quienes juzgan diferentes. En tal sentido los indios tenemos alguna ventaja, por ser menos diferentes; pero a este muchacho, con su traza tan particular ¿quién no le lleva ventaja? Aunque fuera occidental y del Norte, se lo vería como a un representante de la escoria del mundo. Ni siquiera yo, que me considero libre de prejuicios, me atrevería así nomás a confiar en él».


Adolfo Bioy Casares
Bajo en la estación La Muette y en seguida me encuentro en la calle Alfred-Dehodencq, donde está la embajada. Por increíble que parezca, el portero no me reconoce y se niega a dejarme pasar. Mientras forcejeamos a brazo partido, el hombre grita: «¡Fuera! ¡Fuera!» varias veces. En una de las últimas, el grito se convierte en un amistoso: «Sour-sday», que en camboyano significa: «Buenos días». Abro los ojos y aún perplejo, veo a mi amigo el taxista, un compatriota, que mientras me zamarrea para despertarme, repite el saludo y agrega:
«Tenemos que bajar. Llegamos al barrio». Me incorporo, casi doy un traspié al salir del vagón; sigo al compatriota por el andén, sin preguntar nada, por temor de equivocarme y de que me crea loco o drogado. Antes de subir la escalera, cuando pasamos frente al espejo, tengo una revelación, no por prevista menos dolorosa. Quiero decir que el espejo refleja mi pelambre sucia, mi barba rala, de tres o cuatro días; pero lo que francamente me fastidia es comprobar que también en ese momento muevo los labios y, peor todavía, sonrío hablando solo, como un imbécil.

Adolfo Bioy Casares


Este blog ya llevó el cepillo de dientes a este otro

Sam Shepard I


Sam Shepard

Sam Shepard, escritor y actor estadounidense nacido en 1943 en Illinois.
Crónicas de motel una no-novela que me dejó shockeado, casi sin hablar, sólo con ganas de escribir.
Aquí un relato de "Hawk Moon" traducido como "Luna Halcón", aunque para mí debería haberse traducido como "Luna pregonera" o buchona como decimos en el barrio.

Sueño marino


La cama era para él un océano, incluso cuando estaba despierto. Las mantas se ondulaban como las olas. Las sábanas espumeaban como las rompientes. Las gaviotas caían en picado y pescaban a lo largo de su espalda. Hacía bastantes días que no se levantaba y todo el mundo estaba preocupado. No quería hablar ni comer. Sólo dormir y despertarse y volver a dormirse. Cuando fue a verlo el médico, se le meó encima. Cuando fue a verlo el psiquiatra, le lanzó un escupitajo. Cuando fue a verlo un cura, le vomitó. Finalmente lo dejaron en paz y se limitaron a pasarle zanahorias y lechuga por debajo de la puerta. Era lo único que quería comer. Los demás habitantes de la casa bromeaban diciendo que tenían un conejito, y él les oyó. Cada vez se le aguzaba más el oído. De modo que dejó de comer. Empujó la cama hasta ponerla contra la puerta, para que nadie pudiera entrar, y luego se durmió. Por la noche los demás habitantes de la casa oían el silbido de los huracanes al otro lado de la puerta. Y truenos y relámpagos y sirenas de barcos en una noche de niebla. Aporrearon la puerta. Intentaron derribarla, sin conseguirlo. Aplicaron la oreja a la puerta y oyeron gorgoteos subacuáticos.
En la cara exterior de las paredes de esa habitación empezaron a crecer algas y percebes. Comenzaron a asustarse. Decidieron encerrarlo en un manicomio. Pero cuando salieron por el coche descubrieron que toda la casa estaba rodeada por un océano que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Océano y nada más que océano. La casa se balanceaba y cabeceaba toda la noche. Ellos se quedaron apretujados en el sótano. Desde la habitación cerrada les llegó un prolongado gemido y la casa entera se sumergió en el mar.

El héroe de los sueños ( Nueve )

Así comienza el capítulo nueve, el sueño te llueve

NUeVE


Perro perro
Mamá trajo un perro de una casa que limpiaba y que según ella, lo iban a poner a dormir. Marca perro, de ninguna raza. Era lindo de tan feo que era. Al principio no tenía nombre. Como no se me ocurría nada le dije al viejo que le ponga nombre.
El Viejo no sabía cómo ponerle así que le dijo a la Vieja que le ponga pero tampoco sabía que nombre elegir porque tenía tantas cosas en la cabeza que no andaba para pensar en esas cosas.
El viejo le puso Colita al perro, Colita, menos original no podía ser.
Entonces yo le digo Luca. Igual no importa porque el perro te mira con una cara de tontera más grande que la mía y nunca te lleva el apunte.





La placita de nochecita

Un sueño de luz, como un amanecer
no pasará al olvido.


LUIS ALBERTO SPINETTA
“Mi sueño de hoy”


En el barrio hay una plaza donde la gente a veces va a caminar y algunos a correr. En
la primavera del año pasado pusieron más lucen y más gente empezó a ir, entre ellas
  mi mamá, medio a la nochecita.


Entonces yo que hago gimnasio porque nosotros comemos mucho de golpe andaba acompañándola a la vieja porque a pesar de las lucen no quiere ir sola y papá se quedó cuidando el asado. Y no sé que pasó, que al rato era el Luca el que me acompañaba a mi. Porque Allá el perro se llama Colita pero le decimos Luca y Acá se llama Luca porque el que sueña soy yo y el viejo no tiene voz. Me paré al lado de una planta a hacer algunos ejercicios de estiramiento como cuando voy con El Viejo mientras miramos a las chicas. El perro también las mira.
Ahí estaba el pibe, el gordito, con un tatuaje en la pierna y un montón de picaduras de mosquitos.
¬Sos muy chico para ese tatuaje, le dije.
¬El tatuaje se lleva en el corazón, me dijo.
¬No te dijo el gordo de las zapatillas.
¬Que gordo, le dije yo.
¬Ah si, el de los hongos, el que me dijo algo del influjo.
¬Sí, ése.
El pibe se estiraba hasta medir como dos metros y luego volvía a medir metro treinta. Las picaduras de mosquitos eran siempre las mismas.
¬Tengo poco tiempo, no es influjo, es inducción del flujo hidro-áulico, ya resolviste el problema de los deutóxicos.
¬El que, le dijo, no no no, me olvidé, iba a buscar en internet pero me olvidé, desde el año pasado...
¬Ni se te ocurra, me interrumpe.
¬Que ni se me ocurra qué.
¬Buscar el internet... entrás, e inmediantemente tenés a los lobos en tu casa. Que te pensás que el Sátrapa no sabe, están, o estaban mejor dicho, un paso adelante en esto. El Sátrapa también fue un soñador. Los conejos monitorean todo, están entrenados en Estados Unidos.
¬Estados Unidos a qué altura, yo me re conozco el centro, por dónde es.
¬No te hagas el mogui que te van a caer los lobos.


¬Qué lobos. El Sátrapa era Mentiuno?

.. La continuación en la versión impresa, próxima a soñarse.



El héroe de los sueños

Es una nouvelle fragmentada próxima a editarse o quemarse.
Un chico muy especial y que no tiene muchas "lucen" va conectando los sueños de 20 noches y una siesta


Se construye una aventura que impactaría en su vida real.


La casa más antigua de latierra

      
El perro Paul


El relato de Paul no está incluído en El héroe de los sueños, perro sirvió de inspiración para el Paul fue reemplazado por Luca.
Abajo algunos enlaces a algunos fragmentos.
Estas son las instrucciones de uso:


El héroe de los sueños, Prolosogía


Aquí hay sueños.
También hay errores, ya que los sueños no son más que errores del área constructora de olvido del cerebro, .
Es un libro con momentos de presueños, sueños, entresueños y despertares.
Excepto uno, todos los sueños pertenecen a Ever. El Ever.
Ever, a su vez tiene un sueño, ese es el sueño conductor de este hilo.
El 95.23% de los sueños de Ever están inspirados en sueños del autor, el resto no.
Aqui la lógica es difusa como en los sueños, por ende algunas consecuencias se anteceden a la causa. Esa ilógica puede haber contaminado la vida real, ya que por eso el Ever cree que consistían sus poderes. Se propone una misma lectura de lógica difusa, ya que cada ejemplar está impreso en diferente orden y la ubicación de apéndice casi lo explica todo y cada cual puede elegir el propio orden.
Pero el primer sueño debe leerse primero, el último debe leerse último, los otros no.



Otros fragmentos:

[ El postre ( La evacuación) ] fragmento del capítulo ONCE

[ Habia que salir explorar] fragmento del capítulo DIEZ

[ Salto a la facultad ] fragmento del capítulo CINCO

[La placita a la nochecita ] fragmenteo del capítulo NUEVE
Esta edición cuenta con el cuerpo central del libro y un apéndice, y aunque nuestro deseo fue incluirlo en ésta pero no tuvimos espacio, dejamos el deseo para la próxima edición que incluirá un apéndice y un riñón.

Producto de venta libre. No testeado en dinosaurios. Estos sueños pueden provocar desconcentración, lógica difusa y somnolencia, no se recomienda a pacientes que manejen maquinaria pesada.

Había que salir a explorar

The Sun Shines Down On Me

I’m getting closer to the fact
I’ve turned my on silly dreams
And I’m walking down that lonely road
And my heavy load I didn’t bother to bring it





Tanques de agua en las vias
Había que salir a explorar.

En la última reunión o en el último sueño habíamos acordado que lo mejor es salir a la calle y explorar.
Y lo mejor es tomar un transporte público de esos que te llevan bien lejos del centro.
Elegí uno que sabía bien que iba pegado a las vías, es lo mejor para espiar.
Iba solo, los otros se habían quedado despiertos.
Llevaba un libro que leí un rato y un cuaderno para tomar apuntes.
Lo mejor es salir, o entrar a la calle a explorar.

fantasma en la vías
Lo primero que me llamó la atención fue el recorrido ya que cuando se terminaron las calles, el micro comenzó a circular entre las  vías. Parecía que no había espacio, pero si, entre la vía que iba y la que venía, o entre la que venía o la que iba, toda con pastito,  por ahí, el micro nuestro que iba o venía o venía e iba. No vi como fue que el micro se metió por ese medio, pudo haber pasado en un paso a nivel, pero yo no vi nada. Pero el ómnibus iba circulando por las vías, y por esas vías pasaban trenes.



Tampoco vi a ningún tren que iba o venía o que viniera o fuera.

Ramas en las vías
Una vía que va, la de la izquierda y una que viene, la derecha  y/o al revés y por el medio pasa el micro, con su paradas y todo, sin refugios, sin cemento ni pasajeros ni nada. Por el pastito y a veces esas piedras que ponen allí pero que primero sacaron de allá y  para que el suelo se más duro y estable.

Un lugar extraño con eucaliptos que no te dejan ver el cielo y que parecía ser un centro de distribución, o un costado; esos nexos donde se juntan varias líneas  que llevan o traen gentes que vienen o van parecióme a mi un buen lugar para parar y luego retomar para ir o para volver.
O para volverme o retomarme.

cachivaches

Y lo que parecía haber sido una casa paqueta, señorial, antes moderna, ahora viejísima estaba transformándose en algún centro cultural o museo, para parar un rato o para ir a ver o para volver y administrado por el gobierno local seguramente.
Desde una desvencijada puerta gigante de dos hojas, una para entrar y otra para salir se escuchaba música de tango con unos violines que iban y venían como sobre las cuerdas los arcos tiran y aflojan. Y luego una voz de mujer daba instrucciones para acá y para allá denotaba que ya estaban dando clases de baile a pesar de la precariedad de las instalaciones. En otra parte o en un todo se escuchaba un ruido tremendo, como si tuvieran  en marcha un torno de dentista gigante. 

trastos y basura
En otra parte, donde no había puerta de entrada ni siquiera pared estaba limpiando o arreglando cosas. El lugar estaba atestado  o más bien infestado de cachivaches todos apilados y mugrientos como si una inundación los hubiera arrastrado con barro y amontonados en ese lugar.

Había cosas de las más disímiles de muebles, sillas de tres patas, lavarropas, una estatua, un mono en una canasta, un pedo  embalsamado, un pedazo de piano, una imprenta minerva, una sobadora, un fuelle para fragua, un bebedero para vacas, un cuadro de Perón, un póster de Charly García junto a Spinetta y Renata Shuseim y un changuito de supermercado.

porquerías
Siempre hay changuitos de supermercado.
Unos empleados me miraron y me ignoraron y yo seguí de largo.
Las vías habían desaparecido y a la sombra de unos eucaliptos había unos troncos tallados de árboles que habían medido como 12 metros de diámetro algunos o 21 otros. Muchas figuras geométricas que me recordaron a un museo estrambótico que está en europa y que una vez vi una foto en un revista en un consultorio. En el baño de un consultorio, no me acuerdo si de un dentista al cual fui a dejarle un regalito y me puse a leer.



El túnel de los sueños
Otras eran esculturas de animales gigantes y extinguidos, como la calamuchita overa o la conscuspicencia retrovoladora. Pero no eran reproducciones exactas ya que no había una sola superficie curva, todos eran planos fragmentados, como si fueran naves que recrearan esos animales.
Tenía que decir si volvía a tomar ese micro verde que me llevara hasta el final del recorrido y luego volver o me tomaba uno directamente que volviera o fuera.
Vi un par de verdes que volvían, o iban, creo que uno de ellos era el que me había traído o llevado.
No recuerdo como fue que retorné o fui a mi casa.


Silla de tres patas

Lo más de extraño de todo esto fue la música, ni el chofer, ni ningún otro pasajero venía escuchando esa música de pobres que se escucha siempre en los transportes públicos.
Cuando me desperté me di cuenta que hubiera sido mejor llevar una cámara para sacar fotos. O para poner porque en realidad le ponés la imagen adentro del aparato.

Porque en la vida, todo es cuestión del punto de vista.

Patricio Peralta, o Peralta Patricio, quién sabe.
Otros sueños para seguir:


The Sun Shines Down On Me - Daniel Johnston



I’m getting closer to the fact
I’ve turned my on silly dreams
And I’m walking down that lonely road
And my heavy load I didn’t bother to bring it

And the sun shines down on me
I fell like I deserve it
And the sun shines down

I’m hiding out where you can’t see
Behind the wall
In the back of the room

And I’m crawling slowly through the dark
And feeling for a punch line

And the sun shines down on me
I want to feel like I deserve it
And the sun shines down

I’m walking down that empty road
It ain’t empty now because I’m on it
And I’m getting closer to a home
That I can carry and take home with me

And the sun shines down on me
I feel like I have to earn it
And the sun shines down