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Carta abierta al juez Bonadío


por Jorge Rachid

Sr. Bonadío en primer lugar quiero agradecerle a usted, la persecución impiadosa desplegada por su
Juzgado, sobre Cristina Fernández de Kirchner, ya que la misma permitió a millones de  argentinos, rememorar la vida que tuvimos los argentinos durante doce años, de un peronismo del cual usted abjuró.
La revolución fusiladora los hizo más grande a Perón, la Resistencia se fortaleció en su persecución, degradación, excomunión, fijando los objetivos políticos del Perón Vuelve. Lo mismo le pasó a Mitre y Sarmiento cuando quisieron enterrar la memoria de Rosas, Artigas, Andresito, Juana Azurduy descriptos como “la barbarie”, siendo hoy ejes emblemáticos de nuestra nacionalidad. Hubo en esos tiempos hombres como usted, aunque con mayor talento, al menos literarios como Florencio Varela, que no dudó en ofrecer la Argentina a la Corona Británica, o Miguel Cané que como diputado, propuso la desgraciada Ley de Residencia que expulsaba extranjeros, al mejor estilo Trump de hoy.




Pero usted Bonadío no sólo expresa en su conducta un rencor profundo, un odio, que en el jardín de infantes de psicología se estudia como canalización de sus propias frustraciones, la cual quiere esconder detrás de la figura de matón judicial. Es lógico que esté frustrado, creyó que con sólo acceder al cargo sin otro mérito, ni carrera judicial que lo justificase, por medio de una lamentable supuesta militancia política que junto a Manzano, Corach, Moldes, Mazzon, cambiaron y vendieron sueños por dinero, en el tráfico ideológico de los 90 del menemato, alcanzaba "el éxito".
Será por eso que recibió golpes jurídicos al sobreseer sin investigar a los funcionarios de esas épocas, sus compañeros de ruta en el Ministerio del Interior y en el gobierno. Nunca estuve de acuerdo con la judicialización de la política, ni antes ni ahora, pero usted se transformó en un ariete mercenario de los poderes hegemónicos que lucran con su ignorancia jurídica, lo envían al combate por defender sus intereses y usted en su incapacidad queda expuesto. “Roma no paga traidores”, agregaría yo, ni mercenarios en la historia, no será distinto ahora, cuando su afán de “mejor alumno” lo hace avanzar con figuras tan insólitas como “asociación ilícita” al gobierno anterior o a la familia Kirchner. Sin dudas un hallazgo de la imaginación jurídica que será estudiada en los manuales del “no hacer”.
Su mediocridad no sólo avanza sobre la ex Presidenta, sino sobre sus hijos, sus cuentas, sus gastos diarios, suspende la pensión del marido muerto, clausura la herencia de los hijos, embarga bienes y juega a aparecer en los medios los fines de semana, con fallos los viernes para ocupar el lugar mural del periódico. Toda una estrategia comunicacional dada, donde los medios se enteran de sus medidas antes que las partes, porque ellos es de suponer, la escriben previamente.
Usted siempre quiso ser, nunca pudo, de ahí su odio. Entró por la ventana al lugar que ocupa, no es respetado por sus colegas, ni querido en Tribunales, carga dos muertos jóvenes, en un asalto, uno con disparos en la espalda que fue saludado efusivamente como “un vengador” de la claque de “mano dura”, periodistas, militares condenados, fascistas conocidos en esa caterva que le sirve de coro, que acaricia sus fallos contra todo lo que huela a peronismo, hoy usted es “el fusilador del 55”.

Quizás no tolere la fortuna de Cristina, declarada año a año desde 1985, con crecimiento patrimonial demostrado, porque la suya Bonadío no la puede mostrar, ni nadie sabe de donde salió. Ese rencor que expresa, es parte de mediocridad, si lo hubiese leído a Perón en vez de trepar a cualquier precio una escalera al éxito de la nada, sabría que la gente sabia “negocia con los malos, no con los estúpidos”, porque los primeros pueden tener códigos, pero los sonsos como usted, lo pueden llevar a cualquier lado. Mire Bonadío, usted se declara incompetente en la causa y sigue produciendo hechos, esconde su incompetencia en los pliegues de una Justicia que en niveles superiores ya le dieron retos de “flojedad de papeles”. Su odio es superior a su pensamiento, lo cual hace de usted una pobre persona a la cual la mayoría de los peronistas, pensamiento y doctrina de valores y principios, a los cuales usted alguna vez, alegremente adhirió con tanta firmeza como el agua que se evapora con el calor, ni siquiera le tengamos rencor, sino lástima, por ser tan poca cosa, que la historia se encargará de sepultar, como un mal recuerdo.
Una vez más gracias, su ineptitud y su persecución vengadora, han permitido al pueblo argentino pensar y revalorizar una figura que hoy constituye el único liderazgo político en la Argentina, frente a seres tan mediocres como los que usted representa, desde el presidente al dueño del multimedio, quienes lo usan hoy, como lo tirarán mañana al tacho de la basura, bajo la batuta de la Embajada de EEUU, que usted frecuenta. Nadie quiere convivir con la mugre, después de haber ensuciado la Patria.
Sin más, sólo deseo que su conciencia, si alguna vez le funciona, haga una disculpa pública al pueblo argentino por haber mancillado la Justicia.
Jorge Rachid

Selecciones 7

La SEXTA entrega.
Ya expliqué en esta entrada de qué se trata.
Ver Selecciones 6
Selecciones v7.0
En el sufrimiento se sueñan fiestas. Macedonio Fernández, colaboración de la Zapaya

Palabras 1.0


Magda recorta palabras de los diarios, palabras de todos los tamaños, y las guarda en cajas. En cajas rojas guarda las palabras furiosas. En caja verde, las palabras amantes. En caja azul, las neutrales. En caja amarilla, las tristes. Y en caja transparente guarda las palabras que tienen magia.
A veces, ella abre las cajas y las pone boca abajo sobre la mesa, para que las palabras se mezclen como quieran. Entonces, las palabras le cuentan lo que ocurre y le anuncian lo que ocurrirá.
Eduardo Galeano

e

Una marcha lenta y uniforme me permitía caminar eternamente sin cansancio. Luego descubrí que la única forma de llegar a alguna parte, quiero decir, a algo distinto de aquella vasta uniformidad plana, era dejar de lado la esperanza y con ella, desde luego, los recuerdos. Apenas logré desterrar la esperanza vi a lo lejos algo que me pareció una jungla, o un cielo estrellado. Enfilé hacia allí pero la ansiedad por llegar me fatigaba y envejecía, y la esperanza hacía que la distancia que me separaba de aquello sea siempre la misma. Sólo cuando logré aquietar mi mente, dejarla más o menos en blanco al descansar en un lugar "simpático", pude acortar la distancia. Esto generó nuevamente la ansiedad, y así mi viaje se transformó en una interesante lucha contra mis sentimientos; mientras tanto, el objetivo se iba acercando. Pude ver que se trataba en realidad de un vasto lugar repleto de figuras geométricas, predominantemente polígonos. Por fin pude llegar y penetrar en esa zona.

Novela Geométrica, Mario Levrero

Mario Levrero

Vuelo de noche


No necesito escribir, es apenas un ejercicio, una forma de matar el tiempo, de ganarle, de impedir que él me mate a mí. Necesito decirlo, el hecho me hace pensar de otra forma. Casi comprender. Decidir.
Camino de un lado a otro hablando sin hablar. Contando sin decir.
Espero con ansias aquella llamada que va a cambiarme la vida, la que me queda. Salvarme la vida. Hacérmela digna. He sufrido y trabajado demasiado. Debería obtener lo mío, el sacrificio está hecho.
Hoy puede ser un gran día, o uno pequeño, o el primero, o el último, el teléfono dirá.
Me he imaginado una infinita cantidad de diálogos posibles. Todos elogiosos, felicitaciones, buenas noticias.
No sé si puedo resistir la espera, la llamada debe ocurrir pronto. No he dormido en toda mi noche, temeroso de no despertar por alguna razón. Esperé todo el día, por eso me arden los ojos. En un momento será nuevamente de noche. Cada instante me aterra, no sé si mañana voy a estar vivo según haya o no recibido esa llamada. Mi dignidad está vencida, mañana vence la luz, la próxima semana el gas. Por suerte me prestaron plata para el teléfono; anda de verdad, no crean que estoy loco como Gupi Golber.
Gracias a quién sabe quién, mi fortuna me mantiene con una salud envidiable, ningún percance que entristezca mi pasar. Sobrevivo duramente como hierba mala. Como la resignación de las plantas que crecen en las canaletas tapadas o entre los ladrillos de los tapiales.
No tengo nada que hacer, nada en que pensar, nada que leer, nadie viene a verme, no tengo ganas de salir. Sólo la espera me aburre y a la vez me entretiene. El tiempo es una montaña que me aplasta, pero no del todo, sólo me hace agonizar, me mantiene vivo para eso. No puedo superar esto, estoy desesperado, es muy difícil no saber si mañana voy a estar respirando o no.
Por eso decido aclarar las cosas, despejar todas esas dudas que carcomen mi cerebro. Cortar por lo sano, que se jodan los demás, los que me ignoraron. Mi disparo no fue certero, me equivoqué al usar mi mano derecha. Un acto reflejo se interpuso, traidor como el tiempo y mis amigos. ¿Son mis oídos los que retumban? Tardo un instante en perder el conocimiento. Un maldito y abominable instante. Algo más que el olor a pólvora se presenta en mi habitación. Resuena después que el eco emboca en el hueco de la ventana. No es el crepúsculo. Es una onda que sacude el aire a nivel microscópico. Conocés la naturaleza de esa estridencia, la has escuchado miles de veces, millones. Como yo.
Creo que es ella la que muere cuando todo es negro.
Extiendo mis alas.
Patricio Peralta R

Viaje a Juárez

El micro salió desde la terminal a las 5:45. Yo iba a una ciudad -Barker, se llamaba-, que estaba a unos 30 kilómetros de Benito Juárez. En diez días tenía que encontrar, junto a un grupo de estudiantes de teatro, y mediante la investigación de datos históricos y anécdotas del lugar, un texto para una posible propuesta dramática. Solamente llevaba el título del trabajo: ¿QUIÉN ES BARKER?
Mientras caminaba por el pasillo hacia los asientos del fondo (los cinco estaban vacíos) crucé una mirada con una mujer que estaba por la mitad del micro. Pensé que su nombre era Marta. Por el piloto cruzado y el pelo lacio que le caía hasta las solapas, le agregué Helena. María Helena, me dije, y comencé a leer los primeros titulares del diario, olvidándome del asunto.
El micro se movía de manera blanda por calle 44, y cuando llegamos al cruce con la Ruta 2, sentí sobre el costado izquierdo de mi cara 1os primeros rayos de sol y me dormí.
Me despertaron las voces de asombro de los demás pasajeros, quienes a ambos lados del micro, miraban algo por las ventanillas. Yo también miré, pero la luz del sol que rebotaba en el agua me hizo doler los ojos y fui hacia el lado derecho. Marchábamos sobre una gran extensión de agua marrón que desbordaba y cubría la ruta. A no más de 40 kilómetros de velocidad y con las ruedas sumergidas hasta la mitad, el micro iba dejando una estela como si fuera una gran nave. La situación me pareció parte de un sueño, sobre todo al sentir a mi costado la presencia de la mujer con la cual había cruzado una mirada por la mitad del micro cuando subí rumbo a Juárez. Se acercó aún más a la ventanilla y a mi cara, y sentí su respiración ansiosa junto a mi oreja. La mujer intuía algo y me contagió la sensación. Ahora ambos estábamos arrodillados sobre el asiento, y sentí su cuerpo a través de la ropa como si estuviéramos desnudos. En una lomada donde había un pequeño molino plateado, y en donde el agua todavía no llegaba, una piara de chanchos con sus crías miraban la escena de la nave qué cruzaba el agua y se zambullía hacia nosotros.
Los chanchos, con sus pezuñas, se iban degollando al nadar. Detrás de la estela de agua explotaban silenciosamente, dejando una mancha de sangre. Las manos de la mujer y las mías, ahora entrelazadas y húmedas, buscaron mantenerse a flote de la escena, y luego fueron las miradas y los labios para no hundirnos. Los chanchos pataleaban en el agua: morían sin saberlo; nosotros comenzamos a desnudarnos para cumplir un último rito decisivo. Ahora ya estábamos tirados largo a largo en el asiento, y era todo saliva y transpiración. Sin embargo, no emitíamos ningún sonido para que los demás pasajeros no vieran la escena. Hasta que hubo un momento en que olvidarnos el entorno, ya uno dentro del otro comenzamos a gritar como animales. Todos miraron hacia atrás, pero en lugar de asombrarse al ver la escena, los gestos fueron de alegría tribal: había que matar a ese par de chanchos que, por rara casualidad, habían ido a parar a los asientos del fondo del micro. Alguien me pegó en los riñones con una madera y luego sentí una patada en las costillas. Nos cegaron cubriéndonos con sacos y tapados y comenzaron a saltar sobre nosotros a los gritos. Estaba aún vivo cuando sentí una soga en los tobillos para colgarme de un pasamanos que había en el techo del micro. Quedé bamboleándome cabeza abajo con mi cuerpo fofo como una pelota de trapo mojada. Frente a mí, desnuda y muerta, con el pelo lacio y rojo de sangre, la mujer giraba sobre sí misma, colgada también del techo. Quise decir algo, y solamente un coágulo de saliva y sangre salió por el hueco de lo que había sido mi boca. Entonces sentí una patada en el hombro y un grito. Abrí un ojo amoratado y vi al hombre que con una falsa sonrisa me decía que ya estábamos en Juárez.
Ricardo Ibarlin



Sopla el viento, Bocha, sopla

Los perros ladraron diferentes, casi chillaron como un hombre asustado.
A la mierda, acá debe haber algo.
Buscó entre algunas jarillas, que parecía increíble que aún existiesen. Al tocarlas largaron su olor particular. El Bocha pensó que después las cortaría para un asado con gusto especial. Sus ojos oscuros miraban tratando de taladrar los yuyos.
Los perros gruñeron al encontrar la zapatilla casi escondida debajo de la tierra suelta y seca. Comenzaron a escarbar hasta que salieron los restos de un pie y después los restos del cuerpo. El Bocha sin poder controlarlo, largó el vomito encima. Era el loco Lucho. Reconoció perfectamente la ropa, esa, tan de pituco del barrio Dalvian que le gustaba usar. Hacía un mes que lo buscaban, él y la policía. Por esa zona pasó veinte veces y ahora por fin lo encontró. Tenía que esconderse, sino sería el próximo. El asco fue por el olor nauseabundo que despedía el cadáver putrefacto. Y tal vez una cierta lástima. En aquel ambiente no se sentía demasiado una pérdida, prevalecía el miedo y el anhelo de no ser el próximo. Una cultura diferente. El “trabajo” los hacía duros, bloqueados, no había ocasión para nada más. El Bocha y el Loco, con su forma de ser, lideres autoritarios, despertaban temor, averiguaban convidando una cerveza, dando porros, suministrando armas caseras y de las otras, diciendo que andaban en la pesada, siempre con unos pesos en la mano, así, conseguían los datos. Creían que nada podía pasarles, eran amigos de la cana. En La Alumbrada todos conocían los códigos, sabían que nadie podía confiar en nadie, se la jugaban a cada instante. El significado de la vida era sobrevivir, cada instante era rico en urdir estrategias para lograrlo.
Ahora el Loco estaba ahí, por la mitad, comido por las alimañas del campo y los perros cimarrones. Miró para todos lados, escuchó un viento frío, que soplaba semejando silbidos.

El tableteo interrumpió los sonidos de los ladridos y hasta el soplar del ventarrón Solo quedó un remolino furioso que levantó la tierra seca, cubriendo los cuerpos. La mano inerte del Bocha quedó prendida al cadáver de uno de los perros, que, sangrantes, con los ojos abiertos igual que los del hombre, parecían mirar el cielo para entender porqué.
Lila Levinson.

La vida color de rosa


Si quiere ver la vida color de rosa eche Veinte Centavos en la ranura: es como en la vieja canción, pero con la inflación los Veinte Centavos no pueden ser siempre veinte centavos. Por eso en mi casilla vendo cospeles que dicen Veinte Centavos. Los cospeles de Veinte Centavos aumentan de precio constantemente, no sólo por la inflación sino porque hay mucha gente que quiere ver la vida color de rosa, pero siempre dicen veinte centavos y son como un atisbo de estabilidad en medio de tantos cambios. Esa estabilidad es una mentira, pero en el parque de diversiones todo es una mentira y el que piense lo contrario es un hipócrita o se equivocó de lugar.
Juegos Malabares, Carlos Gardini


La interna peronista



En este momento hay un montón de rumores, nada concreto y mucho chicaneo berreta.
Como si hubiera odio y resentimiento.

Cristina no apoyó la candidatura de Randazzo a la presidencia, dicen que le pidió bajarse la gobernación. Más allá del mito de la bruja de Tolosa, nadie en su sano juicio con pretensiones presidenciales querría gobernar la provincia de Buenos Aires con un gobierno nacional comandado por Scioli o por Macri, por el caso de que esa postulación de Randazzo contribuyera al triunfo de Scioli.
Pero Cristina no lo apoyó, le dio un candidato a Scioli, y aunque no le prohibió nada a Randazzo, lo dejó librado a su suerte.
Parece que quedaron resentimientos.

Ahora que "necesitamos" unidad, esos resentimiento salen a la luz, Randazzo quiere competir, Cristina quiere, según rumores y declaraciones de intendentes (saludo a los tilingos que escriben "alcalde"), evitar las paso y haría un nuevo frente electoral.
Me pregunto cuáles son los verdaderos intereses de los políticos.


No me queda otra que recordar el Gran Gabriel García Márquez

Fragmento de "Cien años de soledad",  sobre el poder.

En la calurosa sala de visitas, junto al espectro de la pianola amortajada con una sábana blanca, el coronel Aureliano Buendía no se sentó esta vez dentro del círculo de tiza que trazaron sus edecanes. Ocupó una silla entre sus asesores políticos, y envuelto en la manta de lana escuchó en silencio las breves propuestas de los emisarios. Pedían, en primer término, renunciar a la revisión de los títulos de propiedad de la tierra para recuperar el apoyo de los terratenientes liberales. Pedían, en segundo término, renunciar a la lucha contra la influencia clerical para obtener el respaldo del pueblo católico. Pedían, por último, renunciar a las aspiraciones de igualdad de derechos entre los hijos naturales y los legítimos para preservar la integridad de los hogares.
Gabriel García Márquez
-Quiere decir -sonrió el coronel Aureliano Buendía cuando terminó la lectura- que sólo estamos luchando por el poder.
-Son reformas tácticas -replicó uno de los delegados-. Por ahora, lo esencial es ensanchar la base popular de la guerra. Después veremos.
Uno de los asesores políticos del coronel Aureliano Buendía se apresuró a intervenir.
-Es un contrasentido -dijo-. Si estas reformas son buenas, quiere decir que es bueno el régimen conservador. Si con ellas logramos ensanchar la base popular de la guerra, como dicen ustedes, quiere decir que el régimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en síntesis, que durante casi veinte años hemos estado luchando contra los sentimientos de la nación.

No me gusta que Randazzo tenga que tejer una alianza con Granados y algún que otro impresentable. ¿Pero Cristina va ir con Scioli? Él debería ser parte del pasado, un tipo que siempre midió bien, pero fue un gestor mediocre. Hizo la plancha en un montón de áreas. Conozco el caso de un ministerio que tenía empleados y no tenía presupuesto. No hacía nada. No les miento al decirles que organizaban talleres artísticos para aprovechar el rato y el espacio.

Esperaba un gesto de unidad, parece que Cristina le ofreció a Randazzo encabezar la lista de diputados por la provincia. Randazzo no quiere, quiere ser senador, y eventualmente competir en las PASO.
Yo espero un gesto de Cristina, como dije apenas empecé, le debe un candidatura.
Que construya unidad, que tenga un gesto de humildad alguna vez en su vida, que vaya ella como candidata a diputada y Randazzo a senador.

Los dejo con un frase de Roger Water, que una vez escribí en tiza en un pizarrón mientras cursaba mis estudios secundarios.

"Teacher, leave the kids alone"



“La obra maestra”

 “La obra maestra”, de Álvaro Yunque



 El mono cogió un tronco de árbol, lo subió hasta el más alto pico de una sierra, lo dejó allí, y, cuando bajó al llano, explicó a los demás animales: -¿Ven aquello que está allá? ¡Es una estatua, una obra maestra! La hice yo. Y los animales, mirando aquello que veían allá en lo alto, sin distinguir bien qué fuere, comenzaron a repetir que aquello era una obra maestra. Y todos admiraron al mono como a un gran artista. Todos menos el cóndor, porque él era el único que podía volar hasta el pico de la sierra y ver que aquello sólo era un viejo tronco de árbol. Dijo a muchos animales lo que había visto, pero ninguno creyó al cóndor, porque es natural en el ser que camina no creer al que vuela.


Selecciones 6

La QUINTA entrega.
Ya expliqué en esta entrada de qué se trata.

Selecciones v6.0

Me pregunto qué poseo verdaderamente.
Me pregunto qué subsistirá de mí después de mi muerte
Nuestra vida es breve como un incendio. Llamas que se olvidan, cenizas que el viento dispersan: un hombre ha vivido
Omar Khayyam



SOLA Y SU ALMA

Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto.
Golpean a la puerta.

 Thomas Bailey Aldrich, Colaboración de  Zolla






d
Después de un larguísimo trecho sólo encontré un árbol seco, una semilla que parecía haber cumplido milagrosamente su ciclo vital en ese plano desértico, y mucho más allá, una herradura oxidada. Nada más.
Levrero
La forma de referirme al tiempo es, relacionándolo con el espacio recorrido, pero en ese espacio totalmente uniforme, aparentemente infinito, esta relación no ayuda mucho. Sólo me quedaba la referencia de mi propio cansancio, de mis ritmos vitales, de mi envejecimiento; pero a poco noté que tampoco eso tenía un significado allí. No sentía hambre ni sed, y mi cansancio físico y mi envejecimiento estaban en relación directa con mi ansiedad. Cuando lograba liberarme de la ansiedad, me sentía joven y descansado; cuando me atacaba el anhelo de alcanzar de una vez por todas la superficie, podía envejecer años en pocos minutos.
También descubrí que a pesar de la aparente uniformidad del plano había ciertos lugares más apropiados que otros para el descanso rejuvenecedor; por alguna razón de simpatía, ciertos lugares me quitaban la tensión y el cansancio y en ellos sólo existía el peligro de un rejuvenecimiento tan rápido y extremo que pudiera llevarme a formas anteriores de vida.
Novela Geométrica, Mario Levrero



Sexo del Neocriollo
Son órganos de la Acción de la palabra, las manos, los pies, el tubo digestivo y los instrumentos de la generación. El idioma del Neocrillo será entre metafísico y poético, sin lógica ni gramática. Sus manos y sus pies tendrán una magnitud hasta hoy desconocida; y responderán a un complicado sistema de palancas de segundo y tercer grado. Ya les dije que el Neocrillo se nutrirá de perfumes, rocíos y otras quintaesencias, gracias a lo cual su tubo digestivo será de una simplicidad absoluta y no emitirá gases putrefactos ni repugnantes mierdicolas... Ahora bien sus órganos de la generaciones estarán signados así: los testículos por Venus y el penis por Mercurio. Decribiré su forma....
-¡Xul Solar! Una palabra más y lo echo de la tertulia.
Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal.

Cuento sin nombre

Había una vez un glomerito1 que era profesor de Ética en un instituto de readaptación de delincuentes. Dictaba su cursillo en un hormiguero porque las clases eran obligatorias para las hormigas, delincuentes natos capaces de matar en una sola noche, como enviadas por Herodes, a todo lo recién nacido, hijo de la Primavera. Se sentaban en primera fila los escarabajos, penados por ultrajar el pudor de las violetas, y que sólo habían confesado en su descargo que, entristecidos por su obscura condición, habían querido embriagarse con aquellas florecillas moradas, escondidas tras el abanico de sus hojas. Asistían al curso también las abejas, allí encerradas por calumniar a las mariposas, amigas de los colibríes, a quienes invitaban a su mesa, tendidos los mantelitos de no-me-olvides. Y estaban los gusanos, habituados a vivir en la sombra, arrastrándose siempre como los miserables. Había allí una luciérnaga, que cuando las campanillas azules llamaban a misa para las capillas de los lirios, se escondía en un ramo de lilas (internado para florecillas) y así jugaba con ellas, con gran escándalo de las celadoras. Tenía una pena leve y era un preso modelo. Vivían felices en la cárcel, donde nunca faltaba azúcar, ni les preocupaba la vivienda, ni el precio de los transportes o la carestía de los garbanzos. La libélula, que regía los destinos de los penados, había preparado para ellos un mundo que los hacía más buenos y el glomerito les enseñaba que en el corazón de los otros seres vivían la comprensión y la ternura, sólo había que descubrirlas. Pero el glomerito "vivía" en el mundo, y él había visto devorar impunemente el felpudillo de las margaritas, estrujar las flores de manzano y profanar la candidez de la azucena. Por eso vivía triste pensando en esos seres que sólo ansiaban volver a la luz, cuando la luz estaba únicamente en la esperanza y el mundo estaba a oscuras por la maldad y la mentira.
Hasta que un día el profesor de Ética, doctor en Teología, Presidente de la Academia Nacional de Ciencias Morales, se decidió a cometer el crimen más tremendo en aquel reino de las flores: devoró el corazón del hijo de la rosa, la reina del jardín, la rosa roja, ante la cual todo rumor de insecto se callaba y todo vuelo se abatía.
Sentado en un banquillo, conocí al glomerito, esperando que un nuevo profesor de Ética encendiese en su corazón la luz de la esperanza, en un mundo que él dejó en tinieblas.

 Lina Husson, Cuentos Insulínicos (La Plata,1952), Colaboración de Ana Oleastro


GOTAN
Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.
Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.
Dentro de mí  estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.
Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté,
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.
Juan Gelman, colaboración de Martha Miel(ero)


Germinación de qué poroto
De todas las criaturas que hasta entonces anduvieron por la Tierra, los mono-humanoide fueron los primeros en contemplar fijamente a la Luna. Y aunque no podía recordarlo, siendo muy joven Moon-Watcher quería a veces alcanzar, e intentar tocar, aquel fantasmagórico rostro sobre los cerros.
Nunca lo había logrado, y ahora era bastante viejo para comprender porqué. En primer lugar, desde luego, debía hallar un árbol lo suficientemente alto para trepar a él.
A veces contemplaba el valle, y a veces la Luna, pero durante todo el tiempo escuchaba. En una o dos ocasiones se adormeció, pero lo hizo permaneciendo alerta al punto que el más leve sonido le hubiese despabilado como movido por un resorte.
A la avanzada edad de veinticinco años, se encontraba aún en posesión de todas sus facultades; de continuar su suerte, y si evitaba los accidentes, las enfermedades, las bestias de presa y la inanición, podría sobrevivir otros diez años más.
La noche siguió su curso, fría y clara, sin más alarmas, y la Luna se alzó lentamente en medio de constelaciones ecuatoriales que ningún ojo humano vería jamás. En las cuevas, entre tandas de incierto dormitar y temerosa espera, estaban naciendo las pesadillas de generaciones aún por ser.
Y por dos veces atravesó lentamente el firmamento, alzándose al cenit, y descendiendo por el Este, un deslumbrante punto de luz más brillante que cualquier estrella.
Moon-Watcher se despertó de súbito, muy adentrada la noche. Molido por los esfuerzos y desastres del día, había estado durmiendo más a pierna suelta que de costumbre, aunque se puso instantáneamente alerta, al oír el primer leve gatear en el valle.
Se incorporó, quedando sentado en la fétida oscuridad de la cueva, tensando sus sentidos a la noche, y el miedo serpeó lentamente en su alma. Jamás en su vida -casi el doble de larga que la mayoría de los miembros de su especie podían esperar- había oído un sonido como aquel.
Los grandes gatos se aproximaban en silencio, y lo único que los traicionaba era un raro deslizarse de tierra, o el ocasional crujido de una ramita. Mas éste era un continuo ruido crepitante, que iba aumentando constantemente en intensidad. Parecía como si alguna enorme bestia se estuviese moviendo a través de la noche, desechando en absoluto el sigilo, y haciendo caso omiso de todos los obstáculos. En una ocasión Moon-Watcher oyó el inconfundible sonido de un matorral al ser arrancado de raíz; los elefantes y los dinoterios lo hacían a menudo, pero por lo demás se movían tan silenciosamente como los felinos.
Y de pronto llegó un sonido que Moon-Watcher no podía posiblemente haber identificado, pues jamás había sido oído antes en la historia del mundo. Era el rechinar del metal contra la piedra.
Moon-Watcher llegó junto a la Nueva Roca, al conducir la tribu al río a la primera claridad diurna. Había casi olvidado los terrores de la noche, porque nada había sucedido tras aquel ruido inicial, por lo que ni siquiera asoció aquella extraña cosa con peligro o con miedo. No había, después de todo nada alarmante en ello.
Era una losa rectangular, de una altura triple a la suya pero lo bastante estrecha como para abarcarla con sus brazos, y estaba hecha de algún material completamente transparente; en verdad que no era fácil verla excepto cuando el sol que se alzaba destellaba en sus bordes. Como Moon-Watcher no había topado nunca con hielo, ni agua cristalina, no había objetos naturales con los que pudiese comparar aquella aparición.
Ciertamente era más bien atractiva, y aunque él tenía por costumbre ser prudentemente cauto ante la mayoría de las novedades, no vacilo mucho antes de encaramarse a ella. Y como nada sucedió, tendió la mano y sintió una fría y dura superficie.
Tras varios minutos de intenso pensar, llegó a una brillante explicación. Era una roca, desde luego, y debió haber brotado durante la noche.
Arthur C. Clarke


1 Glomerito: bicho bolita

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Rozitchner, sos un sorete

Hay gente educada, hay gente que emite opinión. Yo creo que siempre hay que defender
las cosas con argumentos. Exceptos con esta basura, que en los 80 se colgó del flaco para obtener popularidad. El flaco fue muy generoso con él. Este tipo escribió el sobre interno, el arte de tapa del último disco de Spinetta Jade. Nadie lo conocía hasta que apareció ahí. Así le devolvió la generosidad, tratándolo de ignorante. Al flaco, un artista tremendo conocedor de un montó de cosas.


Gustavo Spinetta,hermano de Luis, le responde


Gustavo Spinetta
"Mis padres eran de extracción peronista. Conservo los escudos que orgullosos portaban en la solapa Si se identificaron con el radicalismo fue por Alfonsín, que a su vez fue lo más parecido al concepto peronista de justicia social que tuvimos a mano en aquella época. Rozitchner no sabe nada de mi familia y haría bien en callarse la boca con respecto a Luis tratándolo de ignorante demagogo y resentido porque fue a tocar a Casa Rosada estando Néstor y Cristina. No entiendo cómo puede pertenecer a un partido cuyo líder es un estafador del Estado (y por lo tanto de todos nosotros) desde que se inició en los negocios y hablar de transparencia y salud ciudadana. Más allá de que Luis ya no está para defenderse (y eso no se lo perdono) pienso que cada uno de esos calificativos le cabrían perfectamente a quien lo dice."





Javier Malosetti también se expresó:
"Todos, pero todos sabíamos que era un pelotudo, y el que no lo sabía lo intuía. Pero bueno, Luis le tiraba alguna onda. mas bien creo que el chabón heredó algo de lo que quizás Luis sentía por su padre. Desde ya no eran ni en pedo lo cercanos que este sorete nos pinta. Y lo que no sospechábamos -porque éramos unos niños- es que el pelotudo va "in crescendo" con los años.. miralo ahora...
J. Malosetti y L. A. Spinetta

Stolbizer, la golpista

No es este el video que les quería compartir. Hay otro más  grosero, que por alguna misteriosa razón. google ya no lo encuentre, en él, el faltante, Stolbizar se manifiesta con palabras muy parecidas a las que dice en éste otro, Elisa  Carrió.
Con ustedes, Stolbizer la golpita


Pronto, prontito, vamos a reclamar esa ordenada retirada del poder?
Saludos

Test de Turing


Alan Turing


(Microrrelato militante, inspirado en declaraciones reales)

La inteligencia artificial fue puesta en línea y fue bombardeada a preguntas durante una semana.
Cuando se manifestó a favor de la ciencia y la educación, muchos desconfiaron. Los medios
replicaron las declaraciones: "Qué confiese si es populista"












Más sobre el test de Turin en la wiki

De las propiedades del sueño, Sergio Ramírez

Sinesios de Cirene, en el siglo XIV, sostenía en su Tratado sobre los sueños que si un determinado número de personas soñaba al mismo tiempo un hecho igual, éste podía ser llevado a la realidad: “entreguémonos todos entonces, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, ciudadanos y magistrados, habitantes de la ciudad y el campo, artesanos y oradores, a soñar nuestros deseos. No hay privilegiados por la edad, el sexo, la fortuna o la profesión; el reposo se ofrece a todos: es un oráculo que siempre está dispuesto a ser nuestra terrible y silenciosa arma”.

 La misma teoría fue afirmada por los judíos aristotélicos de los siglos XII y XIII (o Sinesios la tomó de ellos) y Malmónides, el más grande, logró probarlo (según Gutman en Die Philosophie des Judentums, Munich, 1933), pues se relata que una noche hizo a toda su secta soñar que se terminaba la sequía. Al amanecer, al salir de sus aposentos se encontraron los campos verdes y un suave rocío humedecía sus barbas.

La oposición política de un país que estaba siendo gobernado por una larga tiranía quiso experimentar, siglos después, las excelencias de esta creencia y distribuyó entre la población de manera secreta unas esquelas en las que se daban las instrucciones para el sueño conjunto: en una hora de la noche claramente consignada, los ciudadanos soñarían que el tirano era derrocado y que el pueblo tomaba el poder.

Aunque el experimento comenzó a efectuarse hace mucho tiempo, no ha sido posible obtener ningún resultado, pues Malmónides prevenía (parágrafo XII) que en caso que el objeto de los sueños fuera una persona, debería ser sorprendida durmiendo.

Y los tiranos nunca duermen.

Cesarán las Lluvias, Carlos Gardini



Carlos Gardini, Buenos Aires, 1948- 2017

Ganador en dos oportunidades del premio UPC de ciencia ficción.

la revista Axxon lo refiere:
"..a pesar del bajón económico y la difícil situación laboral (él no es una excepción a esa regla general de los argentinos), Carlos sigue escribiendo y tocando puertas. Las "grandes editoriales" con
Carlos Gardini
presencia en la Argentina no atienden y es una lástima. Su última obra, El libro de la Tribu, acaba de aparecer en versión electrónica y de impresión "bajo pedido", editada por El Aleph (colección Abismo). Y ya se reeditó uno de sus clásicos, El libro de la Tierra Negra, en España (Equipo Sirius). Otras dos novelas aún permanecen inéditas."


Relato publicado en la revista El Péndulo

Cesarán las Lluvias


Los muertos caían y caían.

Las lluvias habían empezado mucho tiempo atrás, ya nadie recordaba cuándo. En ciertos días arreciaban más que en otros, y los muertos, aunque distanciados por espacios regulares, caían sin cesar. Nunca había consecuencias graves. Los muertos jamás mataban a nadie. Pero a Helena la seguían horrorizando, y Martín hubiera hecho cualquier cosa para consolarla. No era aprensión, no era miedo. Era horror puro y simple, un horror que se expresaba en asco. Le repugnaba verlos caer desnudos en el barro, las bocas grotescamente abiertas. Después pasaban los días y la carne se les ablandaba, se les disolvía como cera, y los muertos se iban derritiendo en el suelo. Todos caían desnudos, pero todos eran iguales. Algunos eran viejos y plácidos, otros eran jóvenes y violentos; los había enteros, y mutilados, y escaldados, y descuartizados, y congelados.
Una vez, cuando Helena y Martín estaban en un campamento, un viejo desdentado comentó:

Son los muertos de la historia.

Siguió un murmullo aprobatorio, y el viejo, entusiasmado con su éxito, repitió: «Son los muertos de la historia». Pero la segunda vez la frase sonó insulsa, o simplemente cayó pesada, pues todos se pusieron a hablar de otra cosa mientras el viejo se quedaba solo con su sonrisa sin dientes, mirando llover los muertos.
Como casi todo el mundo, Helena y Martín habían dejado las ciudades. En el cemento los muertos también se disolvían, pero era diferente. La carne no se fundía con la tierra. Se pudría más despacio, y en las ciudades el tufo a muerto era inaguantable, y además daba pena ver muertos descomponiéndose de esa manera. En el campo la lluvia de muertos abonaba la tierra, y crecían árboles y plantas de formas extrañas. La gente se alimentaba de esas formas.
Martín temía admitirlo y nunca lo habría dicho en voz alta por temor a confirmarlo, pero sospechaba que esas formas extrañas eran de órganos humanos.
Huían de los muertos. Emigraban. Como tantos otros, buscaban una región donde no hubiera más lluvias de muertos, donde el ruido blando que hacían los cuerpos al chocar contra el suelo no les cortara el sueño, ni el hambre, ni las ganas de amar.
Alguna vez cesarán las lluvias en alguna parte —decía Martín acariciando el pelo de Helena mientras miraban los muertos desde un refugio armado con piezas de autos, o desde un galpón abandonado, o desde una estación de servicio descascarada—. Y no tendremos que aguantar más este espectáculo horrible, ni soñar con estas cosas.
Yo no sueño nada —decía Helena—. Es como si el horror me hubiera cortado los sueños.
Y Martín callaba, casi avergonzado, pues él tampoco soñaba, pero ni siquiera sentía horror. Sólo buscaba a tientas un modo de animarla, pero en realidad no sabía contra qué. Se guiaba únicamente por una intuición. Algún muerto caía cerca, despatarrado, la boca abierta y ensangrentada, y los dos miraban y sonreían con tristeza.

Quiero que me jures que va a terminar —decía Helena en un arranque de rabia—. Quiero que me jures.
Martín murmuraba una promesa, y se dormían, y al día siguiente reanudaban la marcha. Al principio cargaban provisiones, latas, o botellas, o los frutos de las plantas-de-muerto, como las llamaban casi todos los emigrantes, pero después empezaron a viajar sin bultos. Era un alivio, pero también un indicio de desesperanza. No tenían que llevar nada ni preocuparse por la comida precisamente porque los muertos lloverían dondequiera fuesen y siempre habría plantas.
A menudo se cruzaban con emigrantes que viajaban en dirección contraria. Intercambiaban noticias funestas y miradas de desconsuelo, comían juntos, y después cada viajero retomaba su rumbo como si lo que el otro había dicho no tuviera ningún asidero; quizá desconfiaban, quizá querían creer que había un error, quizá tenían la esperanza que las lluvias cesaran para cuando llegaran ellos, pero nadie se hacía tantos cuestionamientos, ni se ofendía cuando los demás desoían sus consejos.
¿De dónde viene? —le preguntaban a un viajero.
Del sur. Mucha lluvia, en el sur. Y plantaciones enteras, cargadas de frutos. Ahora iba a tomar para el oeste, para probar suerte allá...
Nosotros venimos del oeste. Muy malo, también.
Habrá que seguir probando. ¿Para dónde van ahora?
Señalaban el sur. Y después de compartir una comida o un té hecho con las plantas-de-muerto, cada cual seguía su rumbo tras una despedida cortés.
A veces se formaban campamentos en algún valle, o cerca de una ciudad. Los campamentos eran casi permanentes, pero la gente cambiaba de un día para otro. Era curioso que se formaran cerca de las ciudades, pero así eran las cosas. Nadie vivía en ciudades, pero a todos les gustaba mirarlas de lejos. Eran como un lazo con el pasado, aun para los que antes vivían en el campo.
Una vez, en uno de esos campamentos, encontraron a un hombre de barba roja y tupida. Viajaba solo, como tantos. La barba les llamó la atención y se pusieron a hablar con él.
¿Usted cree que habrá un lugar sin lluvia?
A pocos metros llovió un muerto, un adolescente rubio de piel blanca. El de la barba roja lo miró con cierto rencor.
No sé ni me importa —rezongó—. Yo viajo por viajar.
Hablar así era una grosería. Muchos viajaban por viajar, pero pocos lo decían. Pocos expresaban en voz alta que estaban seguros que era igual en todas partes, siempre cadáveres que llovían y llovían, y que no tenía sentido andar de aquí para allá.

Pero todos seguían. Era una distracción, una esperanza, un modo de pasar los años.


Y Martín y Helena iban de aquí para allá, alentaban la esperanza que habían creado. Quiero que me jures que va a terminar, decía ella como en trance. Pero no podía decirse que no fueran felices. Había tanta gente sola, tanta gente que sólo buscaba amigos para compartir una cena o amantes para compartir una noche, que en medio de tanta lluvia y soledad dos seres que se amaban tenían que ser felices de algún modo. Eran una excepción, como ese hombre que viajaba por viajar. Tal vez por eso, porque viajaba por viajar, lo encontraron de nuevo al cabo de un tiempo. Ellos sabían que era mucho tiempo después, porque amándose habían acumulado recuerdos, esos recuerdos que se adhieren como pólipos a la memoria y el cuerpo de los que se aman, esos recuerdos-chuchería que nadan en un limbo impreciso, sin identidad, pero que juntos forman tiempo, tiempo sólido y firme. Era una forma de medir, y ya que nadie trabajaba, nadie sembraba ni cosechaba nada, todo era viajar y viajar, muertos fundiéndose con la tierra, cualquiera forma de medición era algo.
De nuevo les llamó la atención la barba y se le acercaron. El hombre no los reconoció al principio.
Ah, ustedes —dijo al fin. Y añadió con una sonrisa socarrona—: ¿Encontraron lo que buscaban?
No contestaron. Después de una pausa de silencio, Helena preguntó, casi acusatoriamente:
¿Y usted sigue viajando por viajar?
Dieron media vuelta y siguieron andando.
Pronto, pronto, le decía Martín mientras caminaban. Pronto terminará todo.
Pronto, vas a ver. No puede durar para siempre.
¿No puede? Pero dura y dura. Son años, Martín. Años. Ese hombre...
¿Qué hombre?
El de la barba roja. ¿Cuánto hacía que lo habíamos conocido?
Años —concedió Martín—. ¿Por qué?
Estaba igual. No había cambiado nada. Ni la ropa le había cambiado. Es raro, antes no me había fijado porque nunca volvemos a ver a la gente. Uno siempre viaja y viaja. Pero él estaba igual. Y entendí que nosotros también estamos iguales.
¿Y?
¿Alguna vez viste morir a alguien? Desde que empezó la lluvia, digo. ¿Oíste que alguien hablara de muertos, de sus propios muertos?
Sigo sin entenderte.
Es fácil de entender. Nunca se ve morir a nadie. Se ven llover muertos, pero nunca muere nadie. Y nunca se ve nacer a nadie, y nunca se ven mujeres embarazadas.



Caminaban y caminaban. Oían plop plop en el barro. Las plantas-de-muerto cubrían los montes. Vivir era eso, caminar y caminar, y plop plop en el barro. Alguna vez va a terminar, decía Martín.
Helena parecía cada vez más triste. Un día rompió a llorar de golpe. Estaba inconsolable, y Martín se sintió desconcertado, porque las cosas nunca habían llegado tan lejos. Estaban sentados en unas piedras, frente a una ciudad abandonada. Los edificios mugrientos se recortaban contra el cielo blanco. Ya va a terminar, decía Martín, y ella sacudía la cabeza. Frente a la ciudad había gente. Era raro ver a Helena tan desanimada, y sin embargo las lluvias parecían haber amainado un poco últimamente.
Martín —dijo al fin, moqueando—, me parece que estoy embarazada.
Martín se echó a reír, abrazándola.
No tengas miedo. Todo va a salir bien.
No tengo miedo por el embarazo. Tengo miedo que se note.
¿De qué estás hablando? —dijo Martín. Señaló el grupo de gente—. Además hoy tenemos compañía. Podemos celebrarlo con una fiesta.
No creo que esa gente esté para fiestas, Martín. Ni creo que nos convenga. ¿No ves lo que están haciendo?
Martín miró con más atención. Bajo un cielo limpio, entre plantas-de-muerto marchitas, enterraban a alguien.
Un entierro —dijo Martín, acariciando el vientre de Helena.

Helena le acarició la mano y ambos echaron a andar en dirección contraria.

Carlos Gardini