Selecciones 2


Ya expliqué en esta entrada de qué se trata.

Como nunca me llegó la primera, arrancamos con la primera que es la segunda.

Selecciones v2.0



Hambre

Tocó el timbre, salí, atendí.
—Tengo hambre —me dijo.
—¿Quiere pan?
—Quiero pan —contestó.
Le di pan, lo mordió, lo comió. Le di más, mucho más.
—Quiero pan —aumentó.
—Se acabó —repetí.
Entonces, mi mano arrebató 'para besarla' pensé, después de tanto, tanto pan; pero no: sacó un cuchillo enorme, la cortó y la comió.

Osvaldo Fasolo

Secuestro


Una vez me secuestraron. Estaba parado delante de la escuela cuando de pronto llega un coche negro, bajan dos tipos y me preguntan si quiero ir con ellos a un país donde todos son hadas y duendes y podré tener todos los tebeos que quiera, y bombones de chocolate, y golosinas, ya saben. Y yo les dije que sí. Entonces subí al coche con ellos, porque pensé, qué diablos, este fin de emana tampoco tengo nada que hacer.
Así que se me llevan y envían a mis padres una nota de rescate. Pero resulta que mi padre tiene malos hábitos de lectura, y aquella noche se acostó con la nota de rescate y se quedó dormido antes de terminarla. Entretanto, me llevan a Nueva Jersey maniatado y amordazado. Cuando mis padres comprenden por fin que estoy secuestrado, pasan a la acción de inmediato: alquilan mi habitación. La nota de rescate dice que mi padre debe dejar mil dólares dentro de un árbol hueco en Nueva Jersey. Reunir los mil dólares no le costó nada, pero al cargar el árbol hueco hasta Nueva Jersey se hernió...
... El FBI rodea la casa. -Suelten al chico -exigen-, dennos las pistolas y salgan con las manos en alto. Los secuestradores contestan: -Soltamos al chico, pero dejen que nos quedemos las pistolas y que subamos al coche-. El FBI dice: - Suelten al chico y suban al coche, pero dennos las pistolas-. Los secuestradores insisten: -Soltamos al chico, pero déjennos quedar con las pistolas, no necesitamos el coche-. El FBI contesta: -Quédense con el chico... Esperen un momento, creo que aquí metí la pata. El FBI decide utilizar gases lacrimógenos, pero no tienen gases lacrimógenos, de manera que varios de los agentes empiezan a interpretar la escena de la muerte de Camille. Con los ojos arrasados de lágrimas, mis secuestradores se rinden. Los condenan a quince años de trabajos forzados, pero doce de ellos se fugan, unidos por una larga cadena sujeta a los tobillos, haciéndose pasar por una gigantesca pulsera de amuletos.
Woody Allen, colaboración de María

Macedonio estaba loco?


Hombre en escalera no vale una pera. (casi proverbio de mi invención)

Muchas lluvias caen al año en Buenos Aires, pero como casi ninguna figura en el Pronóstico Meteorológico, no mojan.

El agente de policía, que no pudiendo salvar a un bañista que se ahogaba se llevó preso al mar; era un guardián del orden que se tomaba en serio.

Apenas murió mi esposo, enviudé sin vacilar.
Macedonio Fernández

LLUVIA NUEVA


Llovía torrencialmente.  A propósito esa noche no encendí las luces y cada tanto los relámpagos ¨flasheaban¨ la habitación.
Era un placer especial sentir la calidez del cuarto, observar la cama tan tibia y deshecha, y empañar con mi aliento los vidrios fríos.  Afuera la tormenta había puesto a bailar a todos los árboles.
Me pregunté si habías llegado vivo a tu casa y supuse que sí.  Que si no te habías muerto allí, un rato antes, con tanta pasión desparramada, con tanta bebida consumida, con tanto dolor a despedida, seguramente también habías sobrevivido a la tormenta.
Me quedé acurrucada fumando despacio. Esa noche había sido importante.  Una bisagra acababa de cambiar la página de nuestras historias.  No sentía dolor y supe que no te extrañaría. Ahora sólo quería disfrutar del calmo momento de las decisiones tomadas, donde ya no pesan las angustias previas ni la incertidumbre.
Seguí involucrándome con el temporal que se desarrollaba afuera de la casa. ¡Qué bien que me hacía estar conmigo misma!. Recordándote, despidiéndome y olvidando todos tus defectos para dejar intacta tu imagen idealizada. Pero te lo advierto, este mágico efecto de canonización solo existe porque te sé ausente, lejano. Más te aseguro que si te atreves a regresar a mi vida, te veré tal como eres, como fuiste siempre y te pediré nuevamente que te vayas.

Colaboración de Viviana Llorens, de su autoría

Burros


Ya he perdido 82,80 dólares en sólo dos días de apostar Dobles en Santa Anita. He vuelto a la vieja costumbre de distribuir las apuestas en diferentes bolsillos, pensando que a lo mejor así encuentro el que me de suerte. Para las Dobles, generalmente el bolsillo de la suerte es el exterior derecho. El exterior izquierdo es para Ganador y Exactas. EL posterior izquierdo para apuestas Quíntuples y Ganador colocado.
Sam Shepard
Cuando la situación comienza a ser desesperada, acostumbro a cambiar de sitio las apuestas del bolsillo exterior izquierdo para ponerlas junto a las que guardo en el exterior derecho, con las apuestas Dobles. Esto es debido a la teoría según la cual la suerte que aguarda a las unas se contagiará a las otras, o al revés. Si gano las Dobles del bolsillo exterior, paso todas las apuestas de Dobles al bolsillo exterior izquierdo, donde hubiese guardado las apuestas de Exactas, y apuesto entonces por caballos que están  8 a 1, o mejores incluso, en la segunda carrera que ya he incluido en la Doble. Todas esas nuevas apuestas pasan directamente al bolsillo exterior derecho, que, después de haberme dado suerte en la primera carrera, tiene por fuerza que seguir dándome suerte en la segunda.
Hoy no funciona nada de eso.

1/79 ,Hipódromo Santa Anita, Arcadia, CA, Sam Shepard, crónicas de motel.



Desayuno


Echó café en la taza
Echó leche en la taza de café
Echó azúcar en el café con leche
Con la cucharita lo revolvió
Bebió el café con leche
Dejó la taza
Sin hablar encendió un cigarrillo

Hizo anillos de humo
Volcó la ceniza en el cenicero
Sin hablarme
Sin mirarme
Se puso de pie
Se puso el sombrero
Se puso el impermeable porque llovía
y se marcho bajo la lluvia
Sin decir palabra
Sin mirarme

Y me cubrí la cara con las manos
Y lloré
De Jaques Prevert

Ojos del Neocriollo


Los sentidos de Neocrillo serán así, aproximadamente: su ojo derecho estará signado por el sol y su izquierdo por la luna. Quiere decir que, por el uno, estará inclinado a la visión de la luz directa, y, por el otro, a la visión de la luz reflejada. O más fácil aún: el ojo derecho lo hará santo y el izquierdo científico. Los ojos no estarán en sus órbitas ya, sino fuera de las mismas, en la punta de
Leopoldo Marechal
los nervios ópticos que se habrán alargado unos veinte centímetros y serán como las antenas de un insecto, capaces de tenderse hacia lo alto y lo bajo, hacia la derecha y la izquierda, según el objeto de la visión. Además, cada ojo, en el extremo de su antena, podrá girar sobre sí mismo, períscopicamente, y llevará un parpadodiafragma ultrasensible a las variaciones de la luz.

Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal


Colabore con una historia corta a las Arenas del Peralta

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Osvaldo Soriano : El penal más largo en el mundo


El penalti más largo del mundo


Llegué a este relato gracias al cine.

El penalti más largo del mundo (ficha en IMDB )

Una muy buena adaptación de Roberto Santiago.

 








  El penal más largo en el mundo


Osvaldo Soriano
 
El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.

Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.

A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.

Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.

Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.

Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.

En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.

El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.

El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.

Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padini entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Grafitti


Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.

Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:

—Constante los tira a la derecha.
—Siempre —dijo el presidente del club.
—Pero él sabe que yo sé.
—Entonces estamos jodidos.
—Sí, pero yo sé que él sabe —dijo el Gato.
—Entonces tírate a la izquierda y listo —dijo uno de los que estaban en la mesa.
— Él sabe que yo sé que él sabe —dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
—El Gato esta cada vez más raro —dijo el presidente del club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.







con el gato


El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.

—¿Lo vas a atajar?— le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
—No sé. ¿Qué me cambia eso? —preguntó.
—Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
—Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer —dijo y silbó al perro para volver a su casa.

El viernes, la rubia de Ferreyra estaba atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.

—Pobre tipo —dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.

A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.

El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.

—¿Y yo cómo sé? —dijo él.
—¿Cómo sabés qué?

—Si me tengo que tirar para ese lado.

La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.

—En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién —dijo ella.

—¿Y si no lo atajo? —preguntó él.

—Entonces quiere decir que no me querés —respondió la rubia, y volvieron al pueblo.

El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.

El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.

 A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señalaba la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.

Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el árbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.

Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.

 En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.

Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces –contó después– que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.

 A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacia el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.

El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.

La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.

Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.

Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.

El pelotazo salió hacia la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.

 Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.

—Bien, pibe —me dijo—. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.

boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.

Osvaldo Soriano

Patricio Peralta R, finalista del concurso guka 2016

Acabo de enterarme de que mi relato Jonbar Mundis es finalista del certamen de microrrelatos de la revista Guka 2016
Acá la lista completa de finalistas. Suerte para todos los colegas.
Casali Carlos M. “Las reglas del juego”
Ceccotti Ponte Rocío “Destino”
Lewitan Ricardo “Al final del camino”
Branchini Sandra “Aquellos días”
Cortalezzi Claudia “Astronauta”
Gómez Claudio A. “El escondite”
Lowenstein Ariel V “Los escribas”
Cabrera Ruben “Mala suerte”
Diez Lucas “Los invisibles”
Brunfman Berta S. “Dar”
Sanguinetti Lorena “Universo amarillo”
Molina Hernández Arturo “Audiomensajes”
Castro Santos Mónica G. “El Invisible”
Contreras Araceli “En algún espejo”
Olasagasti Miguel E. “Escape”
Latorre Sonia “El padre de Carlos”
Alvarez Miriam “Invisible”
Peralta R Patricio “Jonbar Mudis”



López Torres Sebastián “La muerte del azar”
Garcia Sergio O. “La partida”
Burattini M. Laura “Salvar la noche”
Materazzi Corina “Culpables”
Kittlein Victoria “Calla poemas mi alma”
Espinosa Marcela V. “Don Basilio”
Pafundi María A. “Trivial (Te vivo)”
Filipon, Elisa T. “El prisionero”
Vignapiano Mirta N. “El tren”
Fernández Silvia “Al otro lado”
Amaya, María V. “Mejillones”
Blasco López Rafael “Amor en caída libre”
Lopez Javier F. “Tiempo de siempre”
Doti Luciano “Despertar”
Adamo Fernanda D. “El fin”
Guzmán Bermudez, F. “En busca de las gaviotas”
Figueira Ana I. “En sombra”
Valdez Ricardo A. “Abrazados en llanto”
Alvado Marta E. “La fuerza del deseo”
Korduner Andrea L. “Ciberteorías”
Dib Clara “Suspensión del ánima”
Ávila Sandra “Circos y relojes”
Fernández Juan A. “Al final”
Pin, Mónica N. “Sonidos y fragores”
Baltusis, Eduardo “Esa prisión”
Donnet, María M. “Venganza”
Baggini, Federico “Sendero”
Argañaraz Omar “Las madres”
Vinci, María I. “Sueños”
Graciela Maschi “Encierro”
Magariños María C “Aprendizaje”
Krevneris Mirta “La paloma cabrona y la paz”
Fernández Walter A. “Agostina”
González Sebastián “Resignar sin resignarse”
Sánchez Lopez María R. “Destinos truncos”
Ojeda Héctor Luis “Sus ojos”
García Beobide Isabel “A: Ce”
López Marín Carlo I. “Cariño a muerte”
Leites María G. “La tragedia final o el amor”
Ochoa Azucena “La apestada”
Lewitan Natalia “La búsqueda”
Muraca Carlos A. “La protesta”
Capasso Mario “La puntada”
Charra Viviana E. “Son casi las nueve y te recuerdo en
silencio”
Verderico, José “Pendiente”
Badano Susana “Los invisibles”
Di Primio Guillermo “Colectivo de ida”
Bossini Sandra “La enamorada”
Besasso Osvaldo “La ciencia y la poesía”
González Nélida “La enamorada”
Baldoni Claudia E. “los sueños con anestesia- las uñas-”

Volviendo a Sam Shepard


3,30 de la madrugada
Sam Shepard
¿Es un gallo
o una mujer que grita a lo lejos?

¿está negro el cielo
o a punto de ponerse azul oscuro?

¿Es una habitación de motel
o la casa de alguien?

¿Está mi cuerpo
vivo o muerto?

¿Estoy en Texas
o en Berlín Occidental?

Y de todos modos,
¿qué hora es?

¿hay algún pensamiento
que sea mi aliado?

Rezo pidiendo que se suspenda
todo pensar

Absoluta suspensión
espacio en blanco

quiero ir por la carretera
sin pensar en nada

sólo una vez

No estoy suplicando

No me pongo de rodillas

No estoy en condiciones de pelear

9/12/80 Fredericksburg, Texas.

más sobre sam en este mismo blo'



León Gieco, pensar en nada